La adicción al móvil en adolescentes no se reduce a “muchas horas de pantalla”. En consulta clínica hablamos de uso problemático cuando el móvil empieza a desplazar lo importante: dormir bien, rendir en el colegio, relacionarse con familia y amigos y sostener un estado de ánimo estable. Lo que guía el diagnóstico no es el cronómetro, sino el impacto funcional y cuatro marcadores que suelen aparecer juntos: pérdida de control (intentos fallidos de reducir), tolerancia (necesidad de más tiempo o estímulos), abstinencia (irritabilidad o inquietud sin acceso) e interferencia en tareas y vínculos.
Si buscas orientación profesional y recursos locales, consulta nuestra sección de psicología para adolescentes de Clínica Logos Fuenlabrada.
O si lo prefieres contáctanos vía WhatsApp y resolveremos todas tus dudas.
Qué señales deberían ponernos en alerta
En casa suelen observarse discusiones recurrentes por los límites, promesas de “apagar en cinco minutos” que se convierten en horas y un progresivo abandono de actividades presenciales que antes motivaban. En el aula aparecen trabajos incompletos, dificultad para mantener la atención y un patrón de estudio fragmentado por notificaciones. A nivel emocional es frecuente que el teléfono se convierta en el regulador casi exclusivo del malestar: cuando el adolescente está nervioso o triste busca el móvil, y si no puede usarlo aumenta la tensión. En el plano fisiológico, la primera área que se altera es el sueño: acostarse más tarde, despertares para revisar mensajes y somnolencia al día siguiente. Si este conjunto de señales se mantiene varias semanas, conviene realizar una evaluación psicológica estructurada.
Cómo evaluamos en psicología
La evaluación empieza con una entrevista clínica al adolescente y a la familia. Buscamos describir con precisión el problema: en qué momentos se dispara el uso, con qué contenidos (mensajería, redes, videojuegos, streaming) y qué efecto produce a corto plazo (alivio, sensación de pertenencia, escape). Complementamos con cuestionarios de cribado cuando procede y revisamos áreas que pueden estar actuando como mantenedoras: hábitos de sueño, función ejecutiva (planificación, control inhibitorio) y comorbilidad frecuente como ansiedad, bajo estado de ánimo o TDAH. Con todo ello construimos una formulación clínica: una hipótesis de por qué el móvil está ocupando ese lugar y qué palancas de cambio son viables para esa familia concreta.
Qué pueden hacer las familias (y por qué funciona)
El primer paso es acordar reglas claras y alcanzables, no imponerlas unilateralmente. Cuando el propio adolescente participa en definir horarios, espacios libres de móvil y usos permitidos, aumenta la adherencia. Es útil redactar un contrato conductual sencillo con dos o tres objetivos semanales (por ejemplo, móvil fuera del dormitorio y notificaciones desactivadas en horario de estudio) y revisarlo cada siete días, celebrando lo que se cumple y ajustando lo que no. La clave no es la severidad, sino la consistencia.
El segundo bloque es el sueño. La investigación es clara: el cerebro adolescente necesita regularidad y oscuridad antes de dormir. Proponemos retirar pantallas entre 60 y 90 minutos antes de acostarse, cargar el móvil fuera de la habitación y usar una alarma analógica. En paralelo, conviene rediseñar el entorno digital: mover las apps más “anzuelo” fuera de la primera pantalla y dejar solo las necesarias para tareas escolares; desactivar notificaciones no esenciales reduce de inmediato los microcortes de atención.
Un tercer eje es la regulación emocional. Si el móvil funciona como “analgésico” del malestar, necesitamos alternativas. Enseñamos micro-habilidades muy breves —respiración diafragmática de un minuto, pausa conductual de 90 segundos, anclajes sensoriales— y las practicamos justo cuando aparece la urgencia de mirar la pantalla. Este entrenamiento se combina con exposición con prevención de respuesta: retrasar gradualmente el chequeo (por ejemplo, esperar 10 minutos antes de abrir una app) hasta que la ansiedad baje sin necesidad de usar el móvil.
Por último, el estudio requiere estructura realista. Funcionan bien los bloques de 25–30 minutos con descansos programados, el móvil fuera del campo visual y una lista concreta de tareas. En adolescentes con TDAH, simplificar instrucciones y usar apoyos visuales evita que el teléfono “entre” cada vez que aparece una duda.
Qué pueden hacer los educadores
En el centro educativo ayuda establecer normas explícitas de uso por etapas, explicar el porqué de esas normas y mantener rutinas de inicio de clase sin móvil. Durante el recreo, ofrecer alternativas sociales presenciales —juegos organizados, lectura, deporte— reduce la tentación de aislarse con el dispositivo. La coordinación con las familias es crucial: cuando el profesorado detecta patrones (por ejemplo, somnolencia diurna o trabajo interrumpido constantemente), compartirlos con un tono descriptivo y acordar respuestas consistentes multiplica el efecto de las medidas en casa.
Intervención psicológica en consulta
El tratamiento integra psicoeducación —entender cómo se mantiene el problema—, motivación para el cambio y técnicas conductuales y cognitivas. Trabajamos creencias frecuentes como “si no contesto, me excluyen” o “solo me calmo con el móvil” y las confrontamos con experimentos conductuales: probar a demorar respuestas y comprobar que la supuesta exclusión no ocurre, o practicar estrategias de calma que bajan la activación en pocos minutos. En paralelo, construimos un plan de reforzamiento que registre avances, con ajustes semanales. Cuando hay impacto académico o social relevante, coordinamos con el centro para alinear criterios. Si existen comorbilidades —ansiedad, depresión, TDAH—, se incorporan protocolos específicos y, si es necesario, se valora la intervención de psiquiatría infantil.
Prevención: hacia una cultura digital saludable
La prevención empieza pronto. Entre los 10 y 12 años es útil pactar tiempos máximos, contenidos adecuados y reglas de privacidad, revisándolas según madurez. El modelo adulto pesa: si en casa hay “zonas blancas” sin móvil (comedor, dormitorio), el adolescente lo normaliza. También ayuda enseñar “alfabetización digital”: reconocer diseños que buscan retener la atención y gestionar notificaciones para que el teléfono sea una herramienta, no un director de orquesta.
¿Cuándo pedir ayuda profesional?
Conviene consultar cuando aparecen síntomas de ansiedad o depresión, ideas de autolesión, ciberacoso, inversión del ritmo de sueño (vigilia nocturna habitual), aislamiento social marcado o conflictos familiares persistentes a pesar de aplicar reglas razonables. En esos casos, un abordaje multidisciplinar —psicología, psiquiatría, coordinación escolar— acelera la mejora y reduce recaídas.
Si necesitas una valoración rigurosa y un plan ajustado a vuestro caso, nuestro equipo puede ayudarte.
